Madre del viento serrano


En un pueblo al pie de las sierras, ella camina. Lleva al bebé en un brazo, y con el otro sujeta las bolsas de pan que vende cada día en el barrio Sudamérica. El mayor, un pibe inquieto, la sigue a los tropezones, con demasiada energía. «TDAH», dicen los maestros, pero en su hogar eso solo significa más desafíos.

El hambre no espera, y la plata nunca alcanza. Los vecinos murmuran; por la iglesia murmuran: “Soltera y con dos, ¿qué esperabas?”. Ella aprieta los dientes y avanza. No tiene tiempo para lamentos.

El pan se quemó.

El padre del más grande es tan irreal como un espejismo, tan ausente como el Estado. Su bebé ya no llora, como dándose cuenta de lo que su madre soporta. Mientras otros critican desde sus terrazas, ella carga con el peso de los días y una rabia muda que no encuentra salida.

En las noches, cuando el silencio llena su vivienda modesta, piensa en su vida. No es una heroína; es una mujer rota que se reconstruye a diario. A veces se permite soñar: un techo más firme, un futuro más amable para sus hijos. Pero el sueño dura poco. Hay que madrugar.

El pan se volvió a arrebatar.

«Que hablen, que señalen», se dice. «Yo soy mi fuerza y la de ellos.» Afuera, el viento de la sierra sopla fuerte. Ella también.

Nilo Medina
30 dic. 2024.

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